JAVIER GIRALDO, HASTA SIEMPRE Y HASTA PRONTO

Francisca Tierradentro (tomado de la revista Insurrecciòn 1067)

Quedamos en deuda con Javier. Estamos todavía a tiempo de abonar algo de la misma. No frente a él, humildad encarnada. No nos pediría nada para sí, ni actos heroicos o desesperados.

Ni siquiera se trata ya frente a un país: no cabe pagar en una moneda descontinuada en un territorio anegado. Es ahora la humanidad y la Tierra o Casa
Común toda, por la que él luchó, en sus dimensiones mayúsculas, hogar desolado donde estamos emplazadas. Así fue: trascendió Colombia, superó una demarcación de
naciones y culturas. Puso a los pueblos en el centro, con sus fuerzas y debilidades. Y en esa pregunta de qué hacer, desde su perspectiva, sin imponer un ápice nunca, dio testimonio de Cristo. Como dio también fe sobre Camilo.

Javier Giraldo Moreno, jesuita, sacerdote compañero, ha partido a la eternidad. Conoció a Camilo, indagó por sus rastros, le siguió observando en la huella profunda, que
marcaría no sólo un quiebre en la búsqueda del creyente, como lo hizo la Teología de la Liberación, sino en otros terrenos contiguos del conocimiento y la praxis social y
política.

Fue lo que nos enseñó en los ya lejanos años setenta, cuando fue Llama Viva en la proyección de los aprendizajes de Golconda, junto a René García y monseñor Valencia Cano,
como en SAL (Sacerdotes para América Latina). Siempre fue respetuoso de las opciones meditadas, del diálogo para contrastar alternativas, de las decisiones que
algunas tomamos, como fue marchar a la guerrilla del ELN. Como lo hicimos con María Luisa, Pilar, Marga, Clarita y otras compañeras religiosas, algunas españolas. Siempre puso en alto el papel de las mujeres en las luchas de liberación.

Recuerdo sus profundos discernimientos no sólo teológicos sino políticos y también psicológicos y sociológicos, como un callado discípulo de Camilo, en los barrios del sur de Bogotá, entre la necesaria maraña de reuniones clandestinas, como nos tocó hacerlo para mantener esfuerzos organizativos y nuestra vida de militancias.
Supe de su ida a París para estudiar y cómo allá coincidió con exiliados nuestros, en la época en la que Colombia fue conocida por la tortura y el cinismo de los poderes represores, que desde entonces, al comenzar los ochenta, aprendieron a disfrazar mucho más, lo que Javier llamó la ‘Democracia Genocida’ (recuerdo leer su ensayo hace años en Barcelona).

Su toma de contacto allí, como pasó también con Camilo, fue definitiva, sin retrocesos, sin especulaciones, sintiendo y reflexionando acerca de las realidades semejantes en distintos continentes, acrecentando no sólo su conocimiento, sino su compromiso para obrar consecuentemente. Tejió en su alma y su razón a Palestina, la Declaración de Argel, las luchas por la descolonización y contra el apartheid. Estudió sobre la voracidad de las multinacionales, la barbarie del imperialismo, el criminal transcurso de los Estados Unidos, y también cómo ya algunas propuestas de contrapoder comenzaban a errar por sectarismos y a no entender una perspectiva socialista más abierta.

Su retorno a Colombia para hacerse cargo de tareas centralesen la defensa de derechos en el CINEP está documentado. En estos días se reconstruye en muchas páginas, cómo fue el pionero de metodologías y procesos, su animador, quien organizó a madres de desaparecidos, a familiares de presos políticos, a víctimas de persecución, junto a sus compañeros de lucha, religiosos o no, pero sí camilistas, como Umaña Mendoza y su padre, parientes de Camilo, abogados de muchas de nosotras.

Le volví a ver a Javier clandestinamente en Bogotá, durante la sesión del Tribunal de los Pueblos acerca de la impunidad de crímenes de lesa humanidad (1989) y unos meses después saliendo de Bucaramanga, en 1990, cuando nos ayudó a localizar el cuerpo torturado y baleado del comandante Juan Fernando Porras, desaparecido por el Ejército.
Al estar comisionada en esas zonas varios años, supe de su trabajo de formación de defensores de Derechos Humanos, de cómo creó albergues campesinos, denunció la podredumbre de los militares, el paramilitarismo y sus estrategias, cómo en el Chucurí, donde murió Camilo, tomado palmo a palmo por el terrorismo de Estado.

Señaló la complicidad de los civiles en cargos; la indolencia de los funcionarios que debían investigar. Escuchamos también sus severas críticas por errores nuestros. Nos llamó a enmendar. Aprendimos de su fidelidad al Evangelio, de su integridad moral e intelectual. Donde estaba Javier había no sólo lealtad y apertura, sino rigurosidad y horizontalidad, sin jerarquías, con su sonrisa, su modestia y su radicalidad. Pasaron muchos años, más de dos décadas sin verle, hasta cuando un día nos topamos en una librería en Bogotá. Le vi acercarse desde el ventanal. Cerca de los setenta años, con esperanzas todavía a cuestas, nos hallamos en un abrazo que hoy recuerdo. Iba solo, caminaba como un ave que pese a estar en la mira del régimen, se detiene a contemplar las ramas y los brotes de la vida sencilla, sin miedo a la muerte.

Confiado en las luchas del pueblo, en la legitimidad de las rebeldías, sabía que sin pausas debía dejar una mesa lista. Donde otras y otros deben preparar respuestas. Hoy reposan en ella no sólo sus docenas de libros hechos con diáfana sabiduría, sus reflexiones litúrgicas, sus meditaciones, los expedientes, las demostraciones sobre los manuales de la doctrina criminal del Estado colombiano, el perverso papel de los medios de comunicación del sistema, los fallidos procesos de paz, sobre la injusticia de pagar la Deuda Externa, sobre el reciclaje paramilitar, la memoria histórica, acerca del derecho a la rebelión y sus obligaciones éticas, su objeción al sionismo, sino los sueños de una universidad popular, de la interacción de emancipaciones truncadas necesitadas de una actualización, para su eficacia en un mundo destrozado.

¿Qué habrá pensado estos meses Javier sobre el espanto del gobierno presente y las amenazas de destriparnos? Se opondría a toda forma de contemplación, pasividad y
normalización del fascismo. Que no podemos dejar que se consolide. Que hay un problema de tiempo y espacio, de responsabilidad ética. No fue un defensor institucionalizado
de unos Derechos Humanos vaciados de resistencias. Nos invitaría a emprender una ruptura y una constancia vehemente, a estar en las Primeras Líneas, como nos lo
enseñó. Supe de su decepción con el último presidente, como lo expresó -me cuentan que con gran pesar- al saber que la sotana de Camilo fue convertida en rehén y trofeo.

Nos diría de nuevo: ver lo auténtico, dar testimonio, actuar con la verdad, enfrentar, transformar. Apuntaría a la coherencia en todo momento. Puedo, con cierto pudor o vergüenza, compartir lo que con el pulso de su mirada me dijo en el rincón del café, en aquella librería al despedirnos, y sólo ahora comprendo: junto a un ¡gracias!, que sería por el tinto y un librito que le regalé, sopló: «no abandones». A mis ochenta y tanto ya pronto debo hacerlo. Sé a qué se refería. No hay renuncia Javier. Con seres como tú, como Camilo y Manuel, como Diego Cristóbal o Mónica, como Bernardo y Antonia, el río de la vida llega sereno al final donde comenzamos (como las cenizas tuyas
lo harán; así lo pediste), donde nos espera solamente la dignidad de lo luchado y defendido.

¡Gracias!, ¡gracias, Javier!


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