La llegada de Abelardo ha dejado en evidencia una forma de poder que se viste de «nunca» siendo los de siempre; que exalta la religión mientras propaga la muerte; que destaca el «amor a la patria» mientras entrega sus recursos al interés transnacional; que dice gobernar para el pueblo mientras favorece a las minorías privilegiadas; que habla de libertad mientras recorta derechos al pueblo; que reparte balones mientras promete incursiones violentas a las universidades. Esa forma de poder que no es más que la fascistización de la derecha, resulta ser una mezcla de culto al ego del líder, militarización, desprecio a las conquistas sociales históricas, veto a la opinión contraria, entreguismo colonial a los intereses del capital y manipulación cultural para buscar el consenso social.
Pero esta forma de gobernar no es nueva o por lo menos no en su totalidad. En nuestra región figuras como Federico Gutiérrez y su discurso violento en Medellín, Johana Aranda y su gobierno para TikTok en Ibagué, Mauricio Salazar y el papel de Israel en el terremoto en Pereira, Juan Miguel Galvis y su gran inversión en luces led para el edificio de la gobernación del Quindío, Julio César Serna y su inversión en cámaras en Marinilla o Beatriz Valencia y sus hipotecas en el Líbano, han mostrado en nuestros territorios rasgos de esa forma de poder que tras la búsqueda de un enemigo interno, la exaltación de la fuerza, la domesticación emocional o la persecución a las voces críticas, esconden la falta de soluciones estructurales a favor de las mayorías excluidas y la amplia subordinación de los gobiernos locales a los intereses legales o ilegales de las minorías capitalistas.
No nos referimos pues al odio visceral hacia unos individuos aislados, sino al manejo de las tensiones y contradicciones de clase que han permitido la instalación de estas figuras en el poder y la instalación de un discurso de subordinación imperial. Por ello no hablamos de un grupo de ególatras con grandes ambiciones, sino de la respuesta del capitalismo a la gran crisis que ha desatado una creciente ola de descontento social: espectáculo a falta de argumentos, culpables a falta de gestiones y escenarios de guerra a falta de soluciones estructurales. Y, ¿todo para qué? para generar las condiciones favorables para el plan de dominación colonial de Trump.
Abelardo y nuestros mandatarios locales pueden no ser del mismo partido, ni ser una copia exacta, pero sí obedecen a un mismo interés internacional que funciona bajo un mismo libreto: un personaje que gobierna para redes, unos problemas que son reducidos a simples culpables, el orden antes que los derechos, un discurso emocional que esconde los verdaderos intereses de sus amos y un ataque frontal a aquellos que deciden reclamar sus derechos ya sea a través de la violencia física, armada, política o de las herramientas que le provee la estructura institucional.
Por ello para el pueblo organizado no queda más que trabajar por la unidad, enfrentar estos intereses coloniales con la fuerza de la movilización social. Resistencia y rebeldía son el camino digno para alcanzar la soberanía nacional.
Frente de Guerra Central
Ejército de Liberación Nacional


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